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miércoles, 11 de julio de 2007

Madrugadas




Todavía lo hago. No con tanta perseverancia como entonces, pero cuando estoy regresando a casa de madrugada y en el camino se me cruza un gato todavía me detengo e intento comunicarme. Y cada vez que ocurre, vuelve cierta charla con Osvaldo, hace años, en uno de los solitarios bares del Bajo.
Osvaldo amaba los gatos, todo el mundo sabe eso, los amigos, los lectores. Conocía de gatos cuanto se puede conocer. Hábitos, inteligencia, especies, historia, leyendas, poderes que se les atribuían y se les atribuyen. Bastaba mencionarlos y después había tema para toda la noche. Osvaldo tenía una infinidad de anécdotas personales en relación con los gatos. Se trasladaba a algún lugar, cualquier lugar, y un rato después por ahí empezaban a merodear los gatos. De alguna manera había establecido contacto con ellos.
Esa noche, entre otras cosas, me contó del exterminio de gatos en Europa cuando la Iglesia los condenó a la hoguera por considerarlos criaturas satánicas, de los antiguos egipcios que los adoraban y los embalsamaban, de la alucinante imagen de un barco depredador inglés cargado con miles de momias de gatos hundiéndose durante una tormenta en el Mediterráneo. Después, mientras levantaba el gato que andaba por debajo de las mesas y se lo colocaba sobre las rodillas, habló de mis textos. Señaló que en mis historias siempre había algún gato maltratado y que eso no era bueno. Yo hice un rápido repaso en voz alta y advertí que en efecto tenía razón. Entonces Osvaldo deslizó la idea de que tanta agresividad, tanto encarnizamiento con los gatos, sin duda resultaría negativo para la fortuna de mis libros. Supongo que en ese momento le habré preguntado si el poder de los gatos tenía tanto alcance como para perjudicarme. Si lo hice no consigo recordar la respuesta que me dio. Sé que intenté defenderme argumentando que esas escenas de crueldad no estaban puestas con intención de agredir a los gatos sino que simplemente narraban situaciones donde personajes malvados se ensañaban con los pobres animales.
A Osvaldo la explicación no lo convenció. Me recordó un título mío: Ni perros ni gatos. Dos errores en ese título. Uno: nombraba a los gatos en un sentido francamente negativo, de rechazo y desprecio. Dos: los colocaba en plano de igualdad con los perros y para colmo en segundo término. De nuevo le di la razón.
—Osvaldo —dije—, el daño ya está hecho, ¿y ahora?
Me dijo que debía tratar de remontar la situación.
—¿Cómo?
Sugirió que hablara con los gatos.
—¿Cómo?
Me aconsejó que de madrugada, cuando volvía a mi casa, prestara atención y seguramente me cruzaría con más de un gato. Pues bien, debía detenerme, hablarles, acercarme y si los gatos me lo permitían, acariciarlos. En resumen, hacerme amigo.
Lo que me quedó claro de la lección fue que si hacía buena letra y les demostraba que los apreciaba y me ganaba su simpatía, después, poco a poco, por algún misterioso camino, en la vasta y secreta sociedad de los gatos se correría la bola de que yo finalmente no era un tipo tan jodido como parecía y mis torpezas serían perdonadas y mi ignominia quedaría borrada. En consecuencia, también mis libros resultarían liberados de la condena que seguramente hacía rato pesaba sobre ellos.
Al principio me costó aceptar la idea de ponerme a hablar con los gatos vagabundos de mi barrio. Pero esa misma madrugada, regresando al departamento, apenas me crucé con un gato me detuve y ensayé el primer acercamiento. Y seguí probando en las noches siguientes. Y en los meses siguientes. Y todavía lo hago. Seguramente ya no para hacerme perdonar una falta sino para intentar con los gatos un diálogo que nos devuelva durante un rato la querida imagen de Osvaldo Soriano.